“PASCUA FLORIDA Y DE MUCHOS COLORES”, carta pastoral del Obispo del movimiento de Cursillos, Mons. Ángel Rubio

 

 

 

 

 

 

Las flores que empezaron  a florecer, son signos de vida y belleza estamos en Pascua florida. El gran paso de Cristo de la muerte a la vida floreciente, de la tristeza a la alegría, de la desesperación a la ilusión.

Entre las fiestas de Israel la más citada en la Sagrada Escritura es la Pascua. La fiesta de la Pascua cristiana es la principal en la Iglesia. Jesús eligió la fiesta de la Pascua de su pueblo como símbolo de 1o que iba a suceder con Él, en su muerte y resurrección. Al igual que el pueblo de Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto, así también nos libera Cristo de la esclavitud del pecado y del poder de la muerte.

La fiesta de la Pascua era la fiesta de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Jesús subió a Jerusalén para liberarnos a nosotros de un modo aun más hondo. Celebro con sus discípulos el banquete de la Pascua. Durante esta celebración Él mismo se convirtió en cordero pascual. Como “nuestra victima pascual” (1Cor 5,7) ha sido inmolado, para, de una vez para siempre, establecer la reconciliación definitiva entre Dios y los hombres.

Pascua significa “paso”. Estamos en marcha hacia el futuro y tanto la esperanza de llegar como la seguridad de la meta deben hacernos superar los sinsabores del camino. Nunca ha sido fácil caminar y nadie puede cerrar los ojos a la evidencia de los tropiezos que nos acechan por todas partes. Pero estamos seguros de llegar porque nos guía Él, no el muerto sino el Resucitado.

Desde el Domingo de Resurrección, los cristianos no somos el pueblo de un muerto, sino el pueblo de un resucitado. La vida del creyente no es soledad angustiosa, sino experiencia compartida con el Resucitado. Ahora sabemos que venimos de Dios, que hemos sido hechos a su imagen y que nuestra vocación es la de “reproducir los rasgos de Cristo” (Rom 8, 29). Cristo camina siempre a nuestro lado, aunque a veces no nos apercibamos de ello. Más aun, en la vida del creyente, se va actualizando la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesús (cf. 2 Tim 2,8-13).

Jesús está en medio de los hombres, todos los días y en todos los lugares, hasta el fin de los tiempos. Esta presencia de Jesús en el hombre, en los hombres, entre los hombres, nos ayuda a no caer en la tentación de oponer Dios y hombres. Dios es definitivamente hombre, vive en cada uno de los hombres.

Quien vive de la fe pascual, no puede quedarse impasible ante el mundo, ante la realidad social, ante la Iglesia. Él autentico realismo cristiano encuentra su complemento en la experiencia del Resucitado. La pascua da origen a la nueva humanidad, significada en la comunidad de Jesús: la Iglesia. Una Iglesia que es comunión realizada por el Espíritu, comunión de creyentes en pluralidad de dones y carismas.

Una Iglesia, comunidad misionera, que sale al encuentro del mundo y de los hombres, siguiendo el mandato de Jesús: “Id al mundo entero”… La Iglesia es tanto más Iglesia del Señor cuanto más abierta esta a la evangelización del mundo.

Por ello nuestra calle de la amargura se cambia en camino de Emaus. De ahí, desde la Muerte y Resurrección de Cristo, la vía dolorosa de la existencia humana se convierte para los que creen en el amor de Dios que se nos ha difundido en nuestros corazones, en otra calle de alegría y felicidad, de paz y concordia en la que también se entrelazan las vidas de todos los humanos, porque ellos no fueron creados para el dolor y la muerte, sino para el gozo y la vida.

En esa calle inmensa, encontraremos a Maria, la Madre del Resucitado. Aquí estamos siempre en torno a la Madre de Jesús como los discípulos y las santas mujeres.

La Pascua trae el gozo definitivo y la terminante exigencia de vivir hasta el fondo la fe en Jesús resucitado nuestra Pascua inmolada. ¡Aleluya! Es Cristo el Señor.

 

+ Ángel Rubio Castro

   Obispo de Segovia

 

 

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